EVA Y SUS ADANES by Pura María García

EVA HABLANDO DE ADÁN

ESOS JODIDOS ELECTRODOMÉSTICOS

FRIDGES by BOBO

La lluvia.

Sí. La lluvia.

El título del post es ELECTRODOMÉSTICOS, sí, no me he vuelto loca, no más, quiero decir. Dadme un margen y comprobaréis cuál es la profunda relación entre ellos y la lluvia.

La lluvia.

Sí.

Esa lluvia…ésta…la que cae…

Si hay algún elemento que sea un ejemplo probatorio de que existe el ying y el yang –no me vale que nombréis a algunos ejemplares de adán— es la LLUVIA.

Desde pequeña, esa especie de ducha celestial impredecible ejerce sobre mí una atracción especial y, al igual que me pasa con otras relaciones, me une a ella un vínculo contradictorio, distinto, extraño…

Me gustaba la lluvia, pero nunca encontré el jodido botoncito del termostato o programador que, teóricamente, habría evitado que lloviese…en los días del fin de semana. En su lugar, los días lluviosos empezaban por Lu, Mar, Miér, Jue o Vi. Una putada, vamos. Infantil, pero putada.

El poder “jodedor” del agua procedente de las caprichosas nubes no se limitó a mi etapa infantil. En la adolescencia, cada vez que quedaba con algún candidato a “amigo-fuerte” especialmente atractivo para mí y culminaba un proceso de “galanteo” mutuo, caracterizado, entre otro signos, por ser el momento trascendental en el que, por fin, había decidido, tras horas de “armariaje”, qué ropa ponerme…la lluvia hacia acto de presencia dentro de dos casuísticas diferentes, pero igualmente jorobadas:

-podía llover antes de que yo hubiese salido de casa. Entonces, aquí la chica adolescente, inflamada por el amor romántico, henchida (e hinchada) como un pavo real en el momento previo al cortejo, engalanada con el que probablemente era el conjunto más horripilante y menos favorecedor de su armario (hecho a base de aportaciones “voluntarias” de las hermanas más mayores), sintiéndose como una bola de navidad, embutida en ropas y puntillas…se cagaba en la madre de todas las nubes: cirros, cúmulos, cirrocúmulos, cirrostratos, altocúmulos, altoestratos y todos los hatos de nubes, esas bolitas maléficas, diabólicas que, tras la apariencia de montoncitos inofensivos y dulces de algodón, escondían una cantidad impensable de agua. Mi madre y mi padre, extrañamente en coincidencia, me “invitaban” a desencapucharme de los kilos de ropa y adornos varios que me había colocado encima y a quedarme “leyendo,  o haciendo algo interesante, Pura, no te pongas así por una lluvia de nada, hija”.

¿¿¿¿ QUE NO ME PUSIERA ASÍ????

Después de semanas de miraditas, y de aguantar que algunas de mis compañeras de clase se descojonaran cuando yo decía eso de “tampoco creáis que ESE me vuelve loca, eh” mientras me desnucaba para hacerle un guiño al candidato, de haberme hecho la dura (poco, es cierto, pero es que eso de poco o mucho es relativo, eh!!!)…la cita del siglo (¡¡¡del milenio, diría yo!!!) se iba al traste por las jodidas nubes. Romeo estaría empapándose en un parque, porque…por si no lo recordáis, los móviles no existían y no había manera, ni por tantam ni con paloma mensajera, de avisar cuando una INCIDENCIA DESASTROSA se estaba produciendo. Romeo se mojaría y nuestra relación, prometedora antes de que los nubarrones se decidieran, por su cuenta, a descargar su ira sobre el planeta, se iría, directamente, al cajón donde se guardan los EXPEDIENTES QUE PUDIERON SER EN LA ADOLESCENCIA Y QUE NO FUERON…

Como podéis imaginar, al día siguiente, la mirada de Romeo y su nariz roja, como la de un alcohol-fan, por el inicio de pulmoneumonía romántico-lluviosa era digna de entrar en la wikipedia bajo el apartado: ODIO, definición, caso práctico.

En el segundo caso de los que os citaba, la lluvía pecaba, además de descendente, reincidente, jorobante, disciplente y jodiente, de CRUELDAD y practicaba una técnica de tortura meteorológica que ya quisiera la CIA de las isobaras y anticiclones. La muy borde, esperaba para caer a que llegara el momento en que mi Romeo y yo, adornada como un árbol de navidad al que solo le faltara una estrella en la parte superior, liberados del yugo paterno, ocupando el único banco semioculto, y sin cagadas de palomas ni otras aves defecadoras, de un parque…nos disponíamos a intercambiar fluidos bucales y hacer un deep kissing training, besarnos, vamos, con intento de lengua. Nosotros, Romeo y yo, nos acercábamos como un ladrón a una sucursal de LA CAIXA para atracar la caja fuerte: muertos de miedo, pero “temiendo” con un par… Cuando los labios ya habían enfilado el raíl imaginario que les hacia coincidir, cosa que no siempre se producía, fundamentalmente porque ambos cerrábamos los ojos y atinar sin pegarse un golpetazo mandibular era una probabilidad más que remota, la lluvia hacia acto de presencia y el beso anhelado se convertía en un “morreus interruptus”, quién sabe si precedente de su hermano mayor, con idéntico apellido pero con nombre de pila diferente: ORGASMUS.

TO BE

CONTINUED

(llueva

o no)


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