EVA Y SUS ADANES by Pura María García

EVA HABLANDO DE ADÁN

LA TERAPIA MILAGROSA DEL DOCTOR X (II)

Aquella noche,  intenté cerrar los ojitos para descansar, pero en el interior de mi cabecita aturdida resonaban las últimas palabras del doctor X:

“Ahora puedes dejar tus cosas en tu habitación, tomar una sesión de Spa y un masaje con piedras calientes antes de cenar. Te espero mañana, después del desayuno, ¿te parece?”

Entre la serie de bostezos, que daban una nota de color al estado alterado de mi sueño, y el extraño traqueteo de mis latidos llegué a la conclusión de la importancia e influencia de los mantras que utilizan los budistas: aquel “¿te parece?” del doctor de mirada cautivadora se había instalado en mi mente, al más puro estilo de un pensamiento okupa, y estaba surtiendo tal efecto que, una de las veces en las que me levanté para beber un traguito del té blanco que habían dejado en mi mesa de noche, me vi reflejada en el fantástico espejo del hall de mi suite y…creí ver que mis ojitos estaban achinados como los de un oriental budista ¡¡¡Candelapura estaba en pleno proceso involuntario de recitado de un mantra mágico!!!!

Al despertar, mejor dicho, al despertar del todo, maldije a las deidades del sueño, a los dioses sánscritos, a los occidentales y a los orientales: el insomnio por el recuerdo del atractivo galeno había generado en mis ojos de color tormenta —vale, vale, es una exageración éste último comentario, vale, vale, lo reconozco– dos bolsas tan descomunales que podrían haber pasado por un par de bolsos XL SIZE de Louis Vuitton.

—Lo que faltaba, justamente hoy…

Me pregunté qué narices se pondría esa guapa filipina que se hincha de Ferrero Rocher, sin aumentar su diámetro corporal, y se casó con ese señor de cara larga que sabe de economía apellidado Boyer, para estar siempre como una esfinge romana, estiradita, delgadísima, impecable y…sosa como un calamar rebozadito en tempura sin sal.

A punto estuve de utilizar, para aquellas ojeras y bolsas oculares descomunales, un remedio anónimo, infalible según mi amiga C, que circula, como un mito urbano, en las sobremesas de guapas cuarentonas y treintañeras: situar una capa delgada de una conocida pomada anti-hematomas sobre la zona afectada. Antes de fastidiar aquella mañana prometedora que se avecinaba, lo pensé dos veces y desistí:

—No quiero oler a parafarmacia.

Era una utopía descarada creer que el doble de George Clooney, versión castellano-leonesa, podía aproximarse a mi cara tanto como para poder percibir los efluvios del Trombocyd, pero…aquí Maríacandela, tras sus viajes a lo largo y ancho del proceso de enamoramiento y fases posteriores, había aprendido a ser precavida.

Con el corazón emocionado, y un temblequeo en mis piernas que empezaba a resultar evidente y sospechoso, me vestí para la entrevista. Como el albornoz que me habían proporcionado, de un blanco inmaculado apenas interrumpido por el bordado, en tonos doraditos, de una especie de corona real diminuta pero muy chic, era de obligada puesta…elegí algunos complementos discretos para que el profesional de la medicina que me llevaba de cabeza reparase en mí. Ya que me habían dado corona…sería la reina del spa, la reina de corazones, la reina del reino…Toda estupenda, y sin cortarme un duro, intrépida como una de esas adolescentes de las series de la tele que se llenan de estudiantes en instis de ciudad, me coloqué unos pendientes de plata de Chús Burés preciosísimos, y dos sortijas de un diseño genial que le daban a mis dedos un aire muy señorial, claro que…si en lugar de contemplar mis manitas, al doctor le daba por mirar mis pies, enfundados en unas zapatillas de rizo nada glamourosas… estaba perdida…

Como suele pasar, el día que deseas estar estupenda…los hados jodidos, esos que refutan cualquiera de las leyes de Murphy sobre los desastres no naturales, se pusieron en marcha para jorobar un poquito la ocasión: los pendientes se enganchaban, cada dos movimientos, con el cuello del albornoz y yo, para disimular, movía mi cabello con la mano para liberar aquellos apéndices plateados de su prisión textil. Cualquiera que me viese no dudaría en pensar que yo era una modelo (pero menos) dispuesta a grabar el spot de Laca Nelly, esa laca pegajosa que ya se utilizaba en el pleistoceno, ensayando los movimientos capilares antes de proceder y grabar.

De los pies, mejor ni comentaros. Con las zapatillitas planas de toalla, mis andares, normalmente estructurados y elegantes sobre unos tacones que no abandono ni para bajar cada noche la bolsa de la basura al contenedor, se asemejaban, por obra y gracia del rizo americano al 100%, a los movimientos utilizados, para desplazarse sobre el hielo, por los pingüinos emperadores, los habitantes con frac de la Antártida que, entre sus atributos, ostentan el título de ser los más corpulentos y los más…mo-nó-ga-mos…Sí, como os cuento…

Así, pingüineandodespegándome los pendientitos dichosos del cuello del albornoz, llegué hasta la consulta de mi admirado adán-médico, rezando para que quien me abriese la puerta no fuese una despampanante enfermera rubia asquerosamente guapa y candidata a Miss talla 38 ¡Maríacandela no estaba preparada para tener competencia desleal!

La sonrisa PER-FEC-TA del doctor apareció tras la puerta y…supe cómo se debían sentir aquellos que habían sido agraciados con una quiniela de 14, una bonoloto, el Gordo…¡¡¡¡Joder, pensé, esto que noto en mi cuerpo debe parecerse a lo que la baronesa Thyssen sintió cuando le leyeron el testamento de su amado y venerado Heini!!!!

—Buenos días, Pura. Pasa, por favor…

Yo estaba tan emocionada, y con la mirada tan puesta en la cara de aquel adán, que no me dí cuenta de que, al pingüinear para acceder a la consulta, casi amputo el pie de quien era el objeto de mi hiperproducción de baba y admiración con un zapatillazo.

—¿Has descansado? Supongo que sí…porque estás radiente…

¿RADIANTE? ¿HABÍA OÍDO BIEN?

Casi me lo como, directamente. Faltó un pelo para que, tras escucharle, me abalanzase sobre él, le sorprendiese con un abrazo tipo movimiento de presa canaria de lucha libre, y le inundase de besos de tornillo Allen que, por si no lo sabéis, son esos tornillos avellanados, con cabeza cilíndrica o cónica, que utilizan una llave especial, denominada llave Allen, que encaja en un orificio hexagonal de la cabeza.

Así, inmovilizado por mi amor y mi emoción…¿DÓNDE IBA EL DOCTOR X A ENCONTRAR UNA LLAVE ALLEN PARA DESPEGAR SU BOQUITA DE LA MÍA, EH? Aquella unión sería indisoluble y nuestro amor…

Las palabras del doctor interrumpieron mi visión de futuro, que probablemente estaba siendo tan acertada y premonitoria como las videncias de Aramis Fuster sobre la lotería de navidad…

—Voy a hacerte unas preguntas para intentar personalizar la terapia y adecuar el tratamiento a tus características emocionales, Pura…

En aquel momento, yo estaba dispuesta incluso a confesarle que, una vez había robado una pulsera de esas que tenían un damasquinado toledano, cutre y hortera como ella sola, en una visita en grupo con mi panda en la ya desaparecida SIMAGO. No importaba qué me preguntase aquel chico de mirada hechizadora…yo cantaría…recitaría la tabla del 2…el padrenuestro, que, aunque hacía siglos que no lo repetía, saldría de mi memoria histórica como salen disparados los tapones de corcho de la botella de cava tras ser agitada por el ganador de una carrera de fórmula 1…

Pregunta, precioso, pregunta, le insinué con una sonrisa que, por los nervios, me debió quedar en diagonal extraña, algo parecida a la de aquella cantante llamada Mari Trini…

La clínica del doctor no era el Seattle Grace Hospital, ni el hombre maravilloso que estaba frente a mí era el Dr. Derek Shepherd de Anatomia de Grey, pero…yo estaba dispuesta  a dejarme “terapeutizar” y…SIN ANESTESIA. Joder, cómo cogía aquel hombre la estilográfica para escribir sus notas …cómo ladeaba su cabeza…cómo movía sus manos…

–No quiero imaginar cómo las movería, no sobre el papel ni la mesa, sino sobre …mi…piel…, me atreví a pensar, mientras me aseguraba de que no percibiese la excitación incipiente que me estaba haciendo adquirir el tono rojiverde de un tomate Raff de 59 kilogramos en canal…

—¿Quieres que empecemos, Pura?

¡EM-PE-ZAR! ¿YA? ¡¡¡Claro que quiero empezar!!!!¡¡¡Empieza, hombre de piel dorada y boca de sorbete de frambuesa con licor!!! ¿¿¿A qué esperas???? Quítame este albornoz y…

Con el ímpetu y la vehemencia, los pendientes decidieron incrustarse en la solapa del albornoz definitivamente y yo…me dediqué a ignorarlos y, para disimular, acurruqué mi carita de tal modo que debía parecer el perrito ese de cuello semimóvil que se colocaba en la parte trasera de los coches setenteros…

Estaba a punto del infarto, con los ojos, y sus bolsas de piel hinchada correspondientes, completamente incrustados, como los puñeteros pendientes, en los ojitos pequeños del médico de mis sueños…

TO BE CONTINUED

2 comentarios el “LA TERAPIA MILAGROSA DEL DOCTOR X (II)

  1. sandra
    17 diciembre 2009

    Molt Bon dia!
    Has dejado esto en un punto emocionante!
    te mando un abrazo enooooooooorme!,
    tu siempre estas radiante.🙂

    • pura maria garcia
      20 diciembre 2009

      JELOU!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
      Me alegra verte/oirte/leerte!!!
      Tú también “radianteas”, estoy segura. Mírate, eso sí, a l‘espill corrrecte, el que és cert y ya verás!!!
      besosmil
      Puracandela

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