EVA Y SUS ADANES by Pura María García

EVA HABLANDO DE ADÁN

EL VIRUS DEL AMOR. PARTE 3ª

café con adán

café con adán

Adán cortaba el pollo. El pollo se deshacía bajo el cuchillo certero y ágil de adán y yo me deshacía…bajo…el puñetero sol que me estaba produciendo un eritema amoroso, digo solar…

Yo observaba a adán, deleitándome al ver cómo despedazaba el pollo y lo comía. Un grupo de jóvenes que querían tomar un café se situó en la mesa de al lado.

-“¿Nos pones 4 cafés y un cortado?”, dijo uno de ellos a la camarera.

¿CAFÉ? ¿Había dicho “café”? Pero si seguro que se habían quedado sin café: yo ya me había tomado nosécientos y debía tener pinta de esposa de Juan Valdés.

Adán terminó su pollo después de haberme dirigido algunas sonrisas.

-“¡Esto es precioso! ¡Cómo me mira!” -pensaba  yo mientras fingía seguir bebiendo café cuando en realidad estaba bebiéndome el agua con sabor soso proveniente del deshielo de los cubitos del vaso.

-“Estaba riquísimo, ¿verdad?”– dijo adán.

¿Rico?

ÉL SI ESTABA RICO

Adán tenía que marcharse, no sabía dónde porque no me había dado tiempo de desarrollar por completo la batería-de-preguntas-para-el-primer-encuentro. Cuando trajeron la cuenta, adán me sorprendió:

-“7cafés con hielo.  No está mal ¡No te libras de devolverme la invitación porque me has dejado arruinado, eh!”-propuso adán poniendo una sonrisa que parecía el modelo que habían tomado los de VITALDENT para su campaña de blanqueamiento dental con tarifa plana.

Adán sonrisas sacó un papelito de su cartera y escribió algo:

-“Mi teléfono. Llámame cuando tengas ahorrado lo suficiente para invitarme a 6 cortados…”


Sin soltar la Panasonic, adán me soltó dos besos de esos que hacen época. Casi me desmayo, no sé si por el erotismo que intuí en esos dos besos mejilleros o porque ya eran casi las 4 y aquella plaza parecía una jaima en el desierto del Sáhara.

Allí nos quedamos el papelito con su teléfono, el sol implacable y una mujer cafeinómana, yo, que acababa de decidir no probar en su puñetera vida ni un solo café más ¡No sabéis cómo me iba el corazón!

Al alejarse, adán parecía la versión fotógrafa del tío ese que viste siempre de negro e intenta hipnotizar y adivinar los números que uno piensa. Sí, Anthony Blake, creo que se llama.

Adán era como el Blake, solo que Mr. Blake tenía que esforzarse para hipnotizar al público mientras que adán, con caminar y mover el culete ya había conseguido, en un plis-plás, llevarme derechita al estado alfa-alfa.

¡Qué guapoooooooooooo es! ¡Y qué spoiler trasero, dios mio! ¿Por qué se va?

En aquel momento yo era la versión cuarentona de Janette cantando eso de “Todas las promesas de tu amor se irán contigo, ¿Por qué te vas? ¿Por qué te vas?”

-“Este papel lo guardo yo como si fuera la tarjeta descuento de Zara”-pensé mientras lo doblaba en mil trescientos y una doblez y lo metía en mi bolsillo.

“¡Joder, el vestido!”- pensé.

Ahora que adán ya no estaba, mi mente volvía a la realidad, a buscar la mancha de café en mi vestido de Custo.

Ya lo decía Maslow cuando explicaba su  pirámide de necesidades humanas vitales. La primera cosa que nos preocupa es cubrir las necesidades fisiológicas básicas y mucho, mucho después, ya nos comeríamos el coco con filosofías y misticismos de autorrealización y otras cuestiones.

Yo ya tenía un buen trozo de pollo haciendo la digestión pertinente (comer), seis litros de café en vena (beber) y…tocaba calentarse la cabeza con algo filosófico: “¿Le habré gustado? ¿No le habré parecido una ignorante por no saber cómo son las lentes esas de Ikea o cómo se llamen? ¿Por qué me ha sonreído al marcharse? ¿Es que tenía ganas de irse y por eso reía? ¿Habrá pensado que soy una adicta al café? ¿Se ha sentado conmigo por qué me estaba observando previamente, y le he gustado, of course, o solo porque era la única mesa libre? El tirarme el café, ¿habrá sido una estrategia? ¿Dónde la habrá aprendido?”

¡Vaya mareo!

¡Con el calor que hacía y yo dándole que te pego al intelecto evístico!

Eso fue el lunes a mediodía.

Adán convirtió ese día de la semana tan asqueroso en una fecha digna de ser guardada en la agenda de grandes acontecimientos.

Me levanté de la mesa sintiéndome un poco Amstrong. Mi cuerpo parecía flotar o yo era la que se sentía flotar dentro de él.

“Joder… ¿será esto lo que llaman viajes astrales?”

Tanto jaleo y trabajo que se tomaba Iker Jiménez en su programa de CUARTO MILENIO para intentar hacernos comprender los fenómenos paranormales…

Aquello sí era para-normal.

Yo flotaba, el suelo de las calles parecía la alfombra roja que sitúan en el exterior del Dorothy Chandler Pavillion cuando van a entregar los ÓSCAR, los escaparates se empeñaban en hablarme y me decían: “Pura, mírate en nosotros, contémplate en nuestros escaparates, estás soberbia, ¿Kilos? ¿Quién dice que te sobran unos kilos? Mírate, mírate y gústate, estás que rompes…”

Hacía tanto tiempo que no me sentía así, que no me buscaba reflejada en los escaparates que, de repente, creí en la re-encarnación: “Está es la otra vida que me tocaba, ahora sí que ya no tengo que fastidiarme la vida para pagar por el karma ese o cómo se llame, el frotar se va a acabar”. Ah, no, eso es de un anuncio, no de la doctrina hindú, perdón.

Caminé hasta el coche, mirándome en absolutamente todos los escaparates con los que me crucé. Ni siquiera se libró el escaparate de PRENATAL.

“¡No, no, Pura, en ese no!” -gritó mi piloto automático interno- ¡Ni se te ocurra!

Al llegar a casa, encontrarme con el buzón lleno de sobres del Santander y de ING Direct no me provocó el cabreo habitual: “¡Mira que gastan papel estos pobres! ¡Ay, lástima de señor Botín, al final acaba retractiladito, dobladito, en un sobre y en un buzón diminuto! ¡Para que luego digan que ser rico te libra de estrecheces y apretujamientos”!

Mi amiga Carmen había dejado un mensaje en el contestador del teléfono fijo:

“Lo siento, lo siento y lo siento. De verdad. No te enfades, Pura. Cuando te lo cuente te vas a caer de espaldas. No he podido ir a la comida porque, bueno, si te lo explico ahora no lo vas a entender. Mejor te llamo luego. TE-VAS-A-CAER-DE-CULO, ya verás. Ya verás”

Yo había visto YA lo que tenía que ver.

El corazón me iba como la Thermomix cuando monta las claras a punto de nieve, los pulsos parecían la batería de Phil Collins, me temblaban las manos como a la Duquesa de Alba, estaba mareada como Karmele cuando acabó su ayuno en la isla de supervivientes…

Y SÍ…

ES-TA-BA-EN-AMOR-ADA

Y… mareada como un atún.

Oleadas de calor parecían sacudir mi cuerpo  al compás de mi deseo y…Perdón, se me acaba de color una frase que estaba preparando para un post en mi otro blog, el de literatura sensual ¡No se puede ser bilingüe, no señor!

Durante esa tarde no hice otra cosa que rememorar la Panasonic del adán que había pagado mis tropecientos cafeses con hielo; su Panasonic, su culetesonic, sus labiosonic, su sonrisasonic

Estábamos predestinados el uno al otro. Seguro. Él era mi media naranja, no había más que recordar cómo nos habíamos conocido y el cúmulo de causalidades que habían rodeado nuestra PRIMERA VEZ.

De repente, recordé que adán, me había dado un papelito con su número de móvil y que el papelito en cuestión estaba dentro de…

¡¡¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOooooooo!!!!

¡¡¡¡El papelito, el bolsillo, mi vestido de Custo, la lavadora!!!!!

Con más rapidez que Ben Jonson después de haberse chutado un anabolizante, crucé el comedor y traté de evitar un desastre que ya no tenía marcha atrás: EL-VESTIDO-EN-EL-QUE-HABÍA-GUARDADO-EL-NÚMERO-DE-TELÉFONO-DEL-ADÁN-FOTÓGRAFO estaba en la lavadora, en plena fase de centrifugado delicado.

¡¡¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOooooooo!!!!

Recordé mi famosa teoría de las causalidades, aquella con la que había tratado de hacer que adán reparase en lo mágico de nuestro encuentro.

Ya, ya. Ya lo sé.

Si era verdadera mi teoría, lo del papelito con número a remojo tendría que ser una señal de que no era lo mejor llamarle.

Ya.

Pero…es que las teorías tampoco se cumplen siempre ¿no?

¡Yo qué sé! Pues me inventaría una nueva teoría para contrarrestar la teoría de las causalidades ¡EA! Inventaría la teoría intermitente, la que se cumple ahora-sí-ahora- no

Regresé al sofá con chaise longue y me estiré a lo longue.

Intenté descansar sin dejar de pensar ni un segundo en el culete de adán y el resto de él, de adán, no del culete.

Estaba mareada. Todo me daba vueltas. Seguía teniendo sensación de deambular por el interior del Apolo 13 cogida de la mano del capitán James Novell.

¡Joder con el enamoramiento¡ ¡Me había cogido fortísimo eso del enamoramiento tardío!

No sé cómo pero logré dormirme. Y eso que no es nada fácil quedarse dormida con una PANASONIC en la cabeza, todo el rato limpiándole las lentes Leica y el objetivo…

A las 8 de la mañana siguiente, mi sensación de flojedad continuaba. Al mirarme al espejo me quedé con la boca abierta:

-¿Y esto? ¿Qué es esto?

La piel de mi cara y la del resto del cuerpo estaban estampadas como un blusón ad lib diseñado por Pe para MANGO aunque…en lugar de florecitas, tenía un millón al cuadrado de pústulas y granitos de distinta etiología.

-¿Qué es esto?

La doctora  Martínez, en el Centro Médico, me sacó de dudas: mi cuerpo había experimentado los efectos de una intoxicación alimenticia de un par de narices.

-“Por lo que me cuenta, la intoxicación se la ha producido seguramente la salsa de ajos con que acompañó el pollo que comió ayer. Y si, como dice, la salsa también llevaba setas shiitake…”

¿Qué me estaba diciendo aquella doctora? ¿Cómo que me había sentado mal el pollo a la crema de ajos? ¿Pero si era lo más rico que me había comido en mi vida?

¡Y una porra!

¿Me estaba queriendo convencer de que todos los síntomas que yo atribuía al enamoramiento eran algo tan friki como una intoxicación?

¡Hay que joderse!

¡Y una porra!

He pasado de la doctora.

He ido hace un rato a la herboristería naturista.

He pedido a la dependienta con “delantal de fibra ecológica de algodón peinado y cultivado sin pesticidas ni conservantes” que me ponga un kilo de hongos shiitake.

Sí.

UN KILO.

Habéis oído bien.

Estoy preparándome un pollo a la crema de ajos para chuparse los dedos porque…

¡¡¡¡QUIERO VOLVER A SENTIR LO QUE SENTÍ AYER CON MI ADÁN FOTÓGRAFO, se  llame cómo se llame. Da igual que le digáis  el virus del enamoramiento o el del hongo.

QUIERO SENTIRLO OTRA VEZ, y mirarme en los escaparates y verme como una sílfide y sentir que el corazón es un motor de explosión. SÍ!!!!

LASTIMA que ya no tenga el número de teléfono de adán: le  invitaría a un café con hongos shiitake…

2 comentarios el “EL VIRUS DEL AMOR. PARTE 3ª

  1. MaRiPi
    14 junio 2009

    Muy bueno, para no variar…Eva, no te puedes imaginar la brutal carjajada que ha salido del fondo a la izquierda de mi estómago…de esas estupendas y revitalizadoras, cuando he intentado imaginar a una Eva cualquiera, después de 7 cafés con hielo con un Adonis de anuncio enfrente….jajajajajaja
    Pero…de verdad que el número se destruyó???? Esto no va a ser como las pelis de Terminator???? Segura??? Replanteatelo andaaaaaa

  2. Ignatius Calvus Barbatus
    15 junio 2009

    Eiiiii…no me puedes matar al prota en la primera escena. Que eso ya lo hizo Hitchcock en Psicosis. Asi que Pura, ya me estas resucitando al Adan Culito Semoviente este en plan Blake (Blake Edwards of course)…
    Te propongo la forma….

    Abres la lavadora y mientras remueves entre la ropa te das cuenta que tu mejor vestido…si…ese con el que luces tu incomparable palmito…ese…se le ha enganchado el papel…en el punto mas indiscreto que se te ocurra….
    Y claro..la tinta ha desaparecido del papel pero se ha ido toda todita al vestido…con una salvedad….el numero esta al reves….El vestido hecho unos fox (zorrones) pero el penerado (…uiii…queria decir venerado) numero del Adan se ha conservado…

    Besos

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